“Empero no haber en la habitación resquicio alguno a través del cual pudiera filtrarse el aire, la llama de la vela se estremeció, tal vez alcanzada por el filo de alguno de esos círculos concéntricos de obscuridad que se desprenden de las paredes de tiempo en tiempo, a lo largo de una noche de insomnio o vigilia, y que, sin que nadie pueda explicárselo, hacen chisporrotear el pabilo con un ruidito suave que es como la onomatopeya de un torpe beso.”